Dicen que el corazón se agranda con el segundo hijo. Aún no puedo imaginarlo, porque el Pequeño A lo ha ensanchado hasta casi reventarlo. Qué difícil esto de dividir tus sensaciones en dos, de criar a dos cuando uno ya se te hace cuesta arriba, de imaginarte una vida bimadre cuando estos años te has centrado en ser la mejor madre para uno.

El segundo embarazo es difícil y jamás imaginé que sería así. No es complicado en conocer las señales, en advertir cambios hormonales o en el desconocimiento del que partiste con el primero. Es difícil por el miedo a no querer como quieres hacerlo, a no comprender qué es lo que te va a agrandar el corazón teniendo a un bichejo por casa que no deja de hacerte feliz y de carcajearte con cada frase nueva que se le ocurre. Es difícil por calcular las horas del día y cómo las vas a administrar si ya con un sólo hijo te parece que son pocas. Es difícil por hacer comprender a un Pequeño A -aún en su zona de comfort- que la atención ya no será sólo para él y que tendrá que compartir todo con esta cosita preciosa que le queda poco para nacer.

Coser el tiempo

Ayer empecé a sacar la ropa que utilizó nuestro peque y ya voy preparando la parte de armario del Bebé A. Es increíble cómo pasa el tiempo, como hace apenas dos años el Pequeño A cabía en esos bodies de muñeco, cómo al principio cualquier ropita le quedaba grande por lo pequeñito que nació. Y vas recordando todo lo que hemos pasado, la rapidez del tiempo con su fuerte viento empujando, el timón que bloqueaste en una dirección pero que tu hijo desbloquea de vez en cuando con su carita de niño bueno y nuestro “bueno, vale, pero sólo esta vez…”. Recuerdas los veranos, el primer día de guarde, el babeo del primer año que dejó una marca imborrable en sus ropitas. Es tan veloz todo que no te paras a pensar… y cuando lo haces la sensación de pena y felicidad en un mismo saco es tan inmensa como el recuerdo. Cómo no me va a reventar el corazón con este pequeñajo con sonrisa constante en su cara…

Ay, Bebé A, si es verdad eso de que el corazón se agranda, tendré el órgano más envidiable con vuestro nombre escrito.

 

Mamá, juega conmigo- Te dice el Pequeño A cuando estás tirada en el sofá combatiendo el calor y el peso de tu tripa… – Po’ favo’– Se lo ha aprendido de maravilla. Y te sonríe. No hay peso que me impida complacer sus deseos infantiles. Y así, sin quererlo, el Bebé A y el Pequeño A empiezan a jugar juntos desde la sombra.