Cuando un niño empieza a ser curioso y preguntarse su famoso “¿por qué?” terminas por aborrecer la pregunta. Imposible saberlo todo, pero cuando hay que dar respuestas a una pregunta contundente y resonante no te queda otra que crear historias con la misma fantasía con la que inventas cuentos.

¿Y por qué me tengo que lavar el pelo?

En la bañera eres capaz de crear de la nada un ejército de minúsculos bichitos que se pasean tranquilamente con el fin de llegar al desagüe, y todo para explicarle a un niño de dos años que si no se lava la cabeza esos bichos seguirán ahí y conquistarán hasta las cosquillas. Si de mi imaginación sale tal ejército, los ojos de estos peques inocentes son capaz de percibir lo invisible y ven, con asombro en su cara, cómo la tropa de insectos minúsculos llegan a su destino “¡Mira mamá, ya se van por ahí!¡Ya no hay bichos en el pelo!“.

¿Y por qué hay que cenar esto?

Cuando cambias la cena de deliciosas salchichas de pavo con tomate por un puré de verduras y pescado es obvia la pregunta: “Mamá, ¿y por qué?“. Y es cuando le cuentas la historia de Popeye, de los superhéroes, de los PjMask y de la valentía de la Patrulla Canina, que todos comen lo que hoy hay de cenar porque sino serían pequeños y débiles y jamás tendrían su poder particular. Sin necesidad de más explicaciones, alcanza su cuchara con cara de fortachón y la llena de verduras súper poderosas para ser “el más fuerte” y ganar a los villanos.

Queremos saberlo todo y no hay nada como aprender desde la imaginación y el juego. Según los acontecimientos del día -que nos contamos antes de dormirnos, como terapia particular- adaptamos una nueva versión del cuento de siempre, transformándolo en parte de nuestra existencia. Un buen ejercicio, al fin y al cabo, para evitar lo desconocido y familiarizarnos con lo que nos sucede día a día.

¿Y por qué hay tormenta?

Estos días de calor inmenso -para despedir la primavera más templada- han provocado tormentas agradecidas. El sonido de miles de gotas arremetiendo contra el cálido suelo refresca cualquier oído, una suave brisa hace corriente entre las ventanas y golpea las puertas hasta que sucumbe el portazo, y un Pequeño A sobresaltado dice con temor que “vaya susto, mamá. ¿y por qué?“.

Ha sido el viento le advierto.

-Ah, es verdad- me dice convencido, ya más relajado.

A una cegadora luz le sigue un atronador sonido que retumba en la habitación y el misterio vuelve a sus ojos. “Mamá, ¿y por qué?“. Y te inventas el cuento del trueno y el rayo, éste último tan veloz como el protagonista de Cars; ambos luchan por ganar su carrera entre nubes negras que lloran porque se ha ido el sol, y el rayo, que siempre gana, emite una luz para dejarse ver entre el camino oscuro, a lo que responde siempre el trueno con un atronador gruñido, enfadado por no poder alcanzar a su contrincante.

¿Y por qué se puede querer tanto?

Convencido de esta historia comienza a quedarse dormido, con la esperanza de que mañana vuelvan el rayo y el trueno para ver su batalla. Hemos conseguido responder a todos sus porqués y nos retiramos con el beso de buenas noches.

“Y por qué se puede querer tanto?”, me pregunto yo entonces. Él es toda mi respuesta.